martes, 5 de febrero de 2008

México Profundo y la Mesera Lili



EL MÉXICO PROFUNDO Y LA MESERA LILI

Febrero 2008

Llegué a la cafetería que está detrás de los Portales. Iba resignado a que mi mesa favorita estuviese ocupada, que es la única al lado del balcón. Últimamente siempre la encuentro ocupada pero no importa, el café es bueno, hay otras mesas, y dónde yo me siente, llega la meserita Lili a saludarme, siempre cordial, siempre con una sonrisa. Me sirve mi esspresso doble cortado y si tiene tiempo, regresa a hacerme plática.

En este pueblo machista, es raro que en algún restaurante atienda una chica joven. Pienso que no las hay porque a algunas no las dejan sus padres, a otras les da pena, y a otras no las contratan, porque los clientes se ponen a vacilar con ellas y entonces no trabajan igual, o se casan, o se embarazan. En casi todos lados, llega una turba de meseros a atender al cliente, y digo turba, porque no son dos por mesa, son más, porque al dueño no le importa que haya muchos, porque no les paga un salario, les da la oportunidad de ganarse una propina. La regla es: En la cocina, mujeres; en “piso”, varones. Es falso de toda falsedad que en estos pueblos del Altiplano Central opere el capitalismo que nos tienen prometido, donde el que paga manda, y al cliente lo que pida… ¿Qué elegirías, lector, un mesero servil o una jovencita alegre? Elige, pero acabarás donde el mesero servil, porque o es así, o no cenas.

En este pueblo la cuenta de una mesa de tres o cuatro personas puede ser muy superior a todas las propinas que puedan juntar esos meseros en toda la semana, inclusive en todo el mes. O sea que hay clases sociales y eso se nota en el lenguaje. Al cliente le dicen: -Gusta que le tomemos la orden? Está listo para ordenar el caballero? Con sus amigos comentan: Llegó un pendejo, estuvo chinga y jode, y todo para la pinche propina que dejó…Detrás de esa exagerada cortesía de los meseros mexicanos hay un resentimiento social, que no es violento, pero que sí divide.

Por eso me agrada la cafetería donde trabaja LiLi. Hay mas meseras que meseros, cosa bastante inusual. Alguna ventaja tendría que tener para los pueblerinos vallesanos que llegase la franquicia del “Italian Coffee Shop”. Tal vez haya una cláusula en la concesión de garantizar la igualdad de género en las oportunidades de empleo. O tal vez fue una buena idea del dueño de la franquicia, y por eso la cafetería se volvió tan popular. La meserita Bibi no es la mas bonita, pero si la mas jovial. Las otras, sus compañeras, apenas y hablan: -Qué le sirvo? Preguntan con la mirada esquiva, por ignorantes, por penosas, o por el que dirán. Los “atavismos del mexicano” diría mi madre. Lili se atreve a sugerir, a hacer plática, inclusive a bromear, claro, dependiendo de los clientes. En diciembre le traje su regalo de Colombia, porque me había preguntado a donde iría, y que como serían las cosas por allá. Ese mismo día un grupo de adolescentes la llamó: -Lili, tu regalo…De otra mesa salió un grito a coro: Queremos que nos atienda Lili. Atendiendo a esos grupos de jovencitas burguesas que actúan como si hubiesen nacido con el derecho de merecerlo todo, Bibi no actuaba como la empleada, sino como la amiga, y lo que es más, como su anfitriona.

Hace meses, cuando la cafetería era menos popular, me contó que le gustaría irse fuera del pueblo a estudiar su carrera, a Toluca ó a Cuernavaca. Quería buscar nuevos horizontes. El pueblo le queda chico, sobre todo entre semana. No hay mayor cosa qué hacer. –Buscáte un novio, le dije algún día, a lo que me respondió que ya tenía. Me habló de él sin mayor entusiasmo. –Usted cree, que nunca me lleva de paseo? Nuestras citas son en su oficina en la Comandancia, porque el es policía y dice que debe estar ahí por lo que se ofrezca. –Bibi, acabas tus exámenes de prepa y te vas para Toluca. A una nueva vida, con cambio de novio incluido. Sabía que lo iba a lograr. Que el novio ese era parte de un pasado que iba a superar.

Pero hoy la meserita Lili no llegó y me atendió un muchacho, también amable pero no es igual. -Y Lili? -Bien a bien no sé, pero dicen que…ya sabe Usted…y trazó en el aire un abdomen abultado, indicándome que Lili se embarazó. –Me la saludas, si la ves, le dije restándole importancia al asunto. Pero la noticia no me gustó. A los 18 años tendrá a su primer bebé…Ya no habrá carrera, supongo yo, ni nuevos horizontes, mas allá de este pueblo, mas allá de la oscura oficina de la comandancia donde tenía sus citas con el caballero que la embarazó.

¿Que no sabías, Lili, del condón, de las pastillas anticonceptivas, de la pastilla del día después? Claro que lo sabías, Lili, ni modo de que no. Y entonces Lili? –Pues no sé, me respondería en este diálogo imaginario. –No sé, repetiría, viendo al vacío, como si tuviera los ojos de un ídolo azteca tallado en piedra. Porque su momento de modernidad pasó y se la tragó el México profundo. El México de la rutina, de la sobre vivencia, y de la reproducción…Volvió a su esencia, la de una nación que se resiste a progresar.

Seguirá en este pueblo de ricos de fin de semana y de pobres de todos los días, trabajando una temporada aquí, otra temporada allá. Un día me la toparé en la óptica, otro tal vez, en la zapatería. Ya no será la chica con la ilusión de triunfar, estudiar, y conocer lugares. Será la típica mujer del México humilde y rezagado. Trabajará, regresará a la casa donde esté viviendo, que puede ser un cuarto con la madre, o con una tía, y lavará, planchará, cocinará, irá al mercado, regresará del mercado, con la ilusión, quien sabe de qué. No se me ocurre ninguna otra ilusión para su vida que no sea la de volverse a embarazar.

¿Qué me puse pesimista? ¿Qué estoy negando la posibilidad de que exista una madre soltera plena y triunfadora?. ¿ O Ustedes creen que Lili es una chica muy moderna y que se fue a hacer juegos eróticos sobre el escritorio de una comisaría para expermientar una nueva parafilia?

Hay un detalle que no he dicho: El caballero es jefe de la mamá de Lili.

jueves, 10 de enero de 2008


Bogotá Distrito Capital


Foto: Washington D.C., Kenilworth G.B. o Bogotá D.C.???


DEL EPISTOLARIO DE ALCIDES MONTES: TU SABES QUE YO SÉ PERO COMO NO ME LO HAS DICHO NO LO SÉ

5 de enero de 2008

Doña Ángela Becerra:

En estas vacaciones me leí una novela suya, “El Penúltimo Sueño”, que ya ha sido premiada con reconocimientos internacionales y observé que desde que apareció en 2005 se ha hecho cada mes una nueva reimpresión. La compré en Bogotá y ahora que estuve acá en mi pueblo, en Valle de Bravo, México, también la ví en la Librería Arawi, que es la única que hay, o sea, que debe ser una buena novela independientemente de cual sea mi opinión.

Durante los últimos años he leído poco, muy poco, por problemas de concentración. Cuando compré la novela, no tenía ni la menor idea de lo que iba a adquirir. Llegué a una librería en la Zona Rosa de Bogotá, y pregunté por libros sobre el conflicto armado colombiano o el narcotráfico. Los temas políticos y sociales son los que atrapan mejor mi atención. Ninguno de los que me mostraron me gustó y pregunté entonces por buenas novelas colombianas para no irme de vacío, y me trajeron esa, y la compré. Leí en la contraportada que se trata de una novela de amor que se desarrolla en Barcelona. Estuve a punto de no comprarla porque no son temas de mi interés: Ni las novelas de amor ni lo que sucede en Barcelona. Pero la compré.

El libro estuvo varios días en mis maletas… Fue y vino de Bogotá a Manizales, de Bogotá a México, de México a Valle de Bravo… Hasta que se fueron todos los visitantes y me quedé solo en esta casa de cinco alcobas en la mitad del cerro, comencé a leerla. Desde el principio la novela me cautivó. Las primeras doscientas páginas las leí como cualquier otra novela de suspenso, y las siguientes cuatrocientas, con un profundo sentimiento de angustia y desolación.

Doña Ángela: Con su novela me dio un mazazo en la cabeza. Esa falta de amor, a la que usted se refiere como vivir sin vivir, es la razón por la cual desde hace tiempo no logro concentrarme en mis lecturas. Los enamorados de su novela tuvieron un amor sublime desde su adolescencia, sin haber leído un solo libro, y yo ya he leído muchos, y nada de amor, así que por eso dejé de leer, y también la angustia existencial de vivir sin amor me impide concentrarme en las lecturas como debe ser.

Desde antes de leerla a Usted, doña Ángela, le vengo dando mil y un vueltas al asunto del amor y de la falta de amor; al igual que seguramente le dan vueltas al asunto millones de personas que no la han leído a Usted y probablemente nunca lo harán. En su novela queda plasmada con fuerza esa sensación y ese sentimiento que se llama amor. No propone ningún método para acceder a él. Ya sé que esa no era su intención. Pero por lo mismo cuando terminé de leer su libro me quedé en profundo estado de desolación.

Le cuento, doña Ángela, que ese día que compré su libro en Bogotá, iba pensando en una lejana historia que como todas las mías, no sé si en realidad fue de amor.

Ese día no hice mi reserva en el Hotel Dann Norte, así que tuve que desalojar. Los hoteles de una categoría similar tampoco tenían cupo, así que acabé con cierto disgusto en un hotel de tres estrellas, El Campín. La habitación me pareció demasiado pequeña y agobiante para estar ahí. Se me vino a la memoria el día que llegué al dormitorio que me habían asignado en la Universidad de Warwick, en Gran Bretaña, cuando fui allá a hacer mi Maestría en Economía, en 1986. Era un cuarto de tres metros de largo por dos de ancho. Cabía el catre y una tabla que hacía las veces de escritorio. Nada más. Aquel día en Inglaterra, dejé las maletas y salí despavorido, sin rumbo, tratando de hacerme a la idea de que viviría en ese espacio tan reducido durante dos años, yo, que estaba acostumbrado a vivir en una casas grandes, amplias, con hall, pasillos de distribución, varias salas de estar, unas para la familia, otras para las visitas, el despacho de mi padre, y muchas otras áreas más.

Acabé en Escocia huyendo de mi destino, de esa pequeñísima habitación que me daba pánico. Cuando regresé a la Universidad ya estaba preparado mentalmente para vivir en ese espacio. Al paso del tiempo pensé que el ser humano no necesitaba más espacio que ese para ser feliz, un espacio de tres metros de largo por dos de ancho, siempre y cuando de tarde en tarde oyese unos golpecitos en la puerta como los que daba mi amiga Sara. Entraba, y charlábamos y charlábamos, y creo que ahí fue que nos enamoramos, si es que eso fue amor, y creo que por haber huido de ese amor, o lo que haya sido, es que me he pasado la vida buscando otro amor sin haberlo conseguido hasta ahora, y ese es uno de los motivos por el cual veinte años después hice ese viaje a Colombia persiguiendo a los fantasmas del amor.

Con ese recuerdo de Inglaterra, entre dulce y amargo, salí de mi pequeña habitación del Campín, sin ningún plan concreto, más que vivir la calle. Caminar y mas caminar por el puro gusto de caminar ya que para mi algo tan sencillo ya implica un cambio sustancial en la rutina porque en México nunca lo hago por flojera, o porque es una ciudad caótica en la que siempre me muevo en automóvil, o por las dos cosas. A media cuadra, me topé con una cafetería de barrio, con unas cuantas mesas y una barra de madera, alta, donde despachaban dos muchachas alegres. Me demoré más de la cuenta, porque se desató un aguacero de tal intensidad frente al cual un artefacto tan útil como el paraguas servía de poco. Me dio la sensación que Bogotá tenía cierto toque europeo. En casas y edificios predomina la vista del ladrillo rojo al igual que en ciertos barrios de Londres y otras ciudades del interior de Inglaterra que conozco. En muchas avenidas y calles la altura de los edificios es similar, lo cual le da cierta elegancia al paisaje urbano, como en Paris, Madrid o Londres. La idea del toque europeo se reforzó más cuando entró una pareja a tomar una copa de vino con algún bocadillo, cuando entraron con aire casual dos muchachas jóvenes a charlar un rato y tomarse su cerveza, y cuando el lugar se llenó de gentes de todas las edades.

Escampó la lluvia y caminé en dirección a la Avenida Caracas, tomé el Transmilenio, y me bajé en la estación de la calle 85 que es la mas cercana a la Zona Rosa pero aún se debe caminar un buen trecho. Así, caminando por una ancha avenida, con árboles de poca fronda, edificios de tabique rojo, con banquetas anchas y algunas bancas para el descanso de los transeúntes, con mi chamarra de invierno y la bufanda puestas, con el paraguas en la mano, y sintiendo el frío en la nariz y en las orejas, me pareció de pronto que estaba en Londres, en invierno, y no en Bogotá.

Me senté a descansar, deleitado por el recuerdo de Londres, y el de Sara, y como en imágenes superpuestas, también se me venía a la mente mi paseo por Bogotá con Katerine, alrededor de un año y medio antes. Bogotá era Londres y Londres era Bogotá. Dejé fluir el recuerdo de Sara. El de Katerine lo deseché tan pronto como pude, porque el día anterior había regresado de Medellín, donde ella vive, y ella se me escondió y no la pude ver, porque sin yo saberlo su vida se había enredado entre tres extranjeros y dos colombianos, y uno de ellos, al descubrir ese enredo, juró vengarse y Katerine se me esfumó del celular, del Messenger y de todos lados. Si, doña Ángela, Katerine era una niña angelical, que yo pensé que había salvado de un destino de prostíbulo, pero en ese viaje a Medellín surgió toda la verdad, y la verdad es que yo conocí a Katerine en un lugar así, y que ella había ido ahí por tragedia y no por ambición, y que con el dinero mío ella montó un tallercito de artesanías en su casa en Bello, pero seguramente cuando vio las dificultades de una vida de lucha, y cuando se percató que yo no le cumpliría todos sus deseos materiales, y cuando recordó la facilidad con que me atrapó a mi con su historia de víctima y su cara angelical, decidió repetir el numerito que se tiró conmigo, hasta que uno de los colombianos con los que se enredó contrató un detective y posteriormente nos dio aviso a todos los demás. Pero yo juro que ese día que paseé con Katerine en Bogotá, ella todavía era inocente, y que iba enamorada de mi, y yo de ella, y que ese día de felicidad aún lo llevo en la memoria y en el corazón.

En esa banca, recordé mi día mas feliz con Sara. Salimos muy temprano de la Universidad y abordamos un autobús de dos pisos como los que hay en Inglaterra. Sigo sin entender, por cierto, porqué esos buses no se adoptan en todos los países. El Transmilenio le da al color pero no a la altura. El caso es que montamos al segundo piso, y por elección de ella, nos sentamos en la primera fila. Una sensación nueva, ver las curvas desde un vehículo aparentemente sin chofer y sin volante. Sara y yo éramos amigos y no teníamos por qué ir tomados de la mano. Ella tenía su novio en Bilbao y seguido hablaba de él. –Jésus esto, Jésus lo otro, así, con esa acentuación. Pero ese día no habló de él. Comenzó a hablar de cotidianeidades. De sus calcetas de rombos, de sus gustos por los peluches, de sus noches en los bares en Bilbao, de su platillo favorito: La merluza. Esas cotidianeidades me fueron atrapando por hermosas y por sencillas, sobre todo a mi, que siempre me había gustado hablar de cosas trascendentes y profundas, y que hoy me doy cuenta que ni eran trascendentes ni eran profundas. Que si la des-industrialización de Inglaterra, que si el futuro económico de México, que si la política determina la economía o viceversa. Un día, que estaba una chica ecuatoriana amiga de nosotros, salió el tema de la Conquista Española de América. Sara, con toda naturalidad, dijo: -Algo he escuchado que hicimos mal los españoles en el pasado. O sea que el tema de la Conquista ni le iba ni le venía. Justo es decirlo: Ella tenía un intelecto de privilegio, pero su interés era la econometría, y sobre eso solo hablaba con su amigo Peter, el danés, que estaba a su altura. Con nadie más.

Con mi amiga Sara viví algo parecido a un enamoramiento que desde mi particular punto de vista se basa en ilusionarse en las cosas cotidianas y diarias de la otra persona. –Que cocinará Sara hoy? Tortilla española o espaghettis? El encanto de Sara era hablar de lo banal, de lo cotidiano, de lo sencillo, del mar y de la Ría, porque como ya dije, ella era de Bilbao y vivía cerca del mar. Al final de las cenas, se ponía a cantar mientras fregaba los platos. Tal vez sería su costumbre. Yo pensaba que cantaba para mi. Un día me tocó a mi fregar la sartén mientras ella arreglaba la cocina. De chico, los domingos me tocaba lavar los platos en México, en la casa de mis padres, como parte de mi educación. Siempre odié hacerlo. Me daba asco la mezcla de restos de comida, burbujas de jabón y el agua caliente chorreándome en las manos. Esa vez que fregué la sartén de Sara, fue uno de los momentos mas dichosos de mi vida. Estaba dentro de su mundo, fregando su sartén! No cualquiera tenía esa prerrogativa, ni el tal Jésus, que estaba lejos, allá en Bilbao. Después de Sara, no he vuelto a fregar una sartén, pero ni por equivocación.

Así era mi relación con Sara ese día que fuimos a pasear a Londres. Fue un día de frío ligero, como el de Bogotá; fue un día de caminar y más caminar, de un pub al otro, de un cafecito acá y de una cervecita allá. Ese día le vi una cara distinta, unos ojos que me miraban distinto. Estaba enamorada de mi. Puedo jurarlo como juro lo de Katerine.

Le sigo contando, doña Ángela, por si le interesa. No hubo besos en ese día, mi máximo día de amor. En el tren de regreso, dormitamos felices, uno al lado del otro. Ella era cariñosa. De repente me sobaba la cabeza como a un bebé. Me sentía sencillamente en la gloria, caminando sobre las nubes. Me doy cuenta que ya caigo en la cursilería, algo que admiré mucho que Usted haya evitado en su novela. Pero Usted comprenderá, yo soy un jubilado que se las quiere dar de escritor…

Después de ese día de amor, vino el terror. Porque debo hacerle saber para que esta historia se pueda comprender, que antes de ser amigos, Sara y yo éramos conocidos nada más, dos estudiantes hispano-parlantes a quienes nos habían metido con otros más a un curso propedéutico para aprender inglés. Físicamente, ella no me gustaba. En realidad, lo más bonito de ella era su sonrisa y su tono de voz: No era sensual ni meloso. Por el contrario, era sonoro, con una sonoridad que dejaba los oídos rezumbando de alegría. No digo que gritara, no. Su voz era sencillamente sonora, y ella, una persona alegre. Del resto de sus atributos físicos, prefiero no hablar. Por respeto a ese amor que quien sabe si en realidad lo fue, solo diré para ilustrar cómo un espíritu hermoso se impone sobre un cuerpo que no lo es, que al principio el vello de sus brazos me parecía abominable y horroroso. Tampoco es que tuviera tanto, pero sucede que a mi siempre me han gustado las mujeres lampiñas, o con poco vello, tan solo un poquito, lo mínimo para que brillen con el sol. Cuando fui cayendo en el enamoramiento de Sara, ese vello negro en sus brazos, de pronto, un día, a trasluz, me pareció sensual, tierno, elegante…Mi Katerine en cambio tenía su cuerpo perfectamente lampiño.

Sara a casi todos nos caía bien. A los pocos días de conocerla, noté algo en su labio inferior. Era como un grano, pero ya reventado, seco, con un cráter al centro. Diagnostiqué de inmediato: Herpes. Recordé lo que había leído por casualidad en la revista TIME, pocos meses antes de salir de México, que se trataba de un virus, que se adquiría por contacto sexual o salival, que no era controlable, y que con facilidad podía recorrer el organismo humano, y alojarse en un nervio causando parálisis, o en el cerebro, causando ceguera, sordera y otros males mayores. Fui a Inglaterra con el firme propósito de no contraer ninguna enfermedad. Nunca investigué más sobre el herpes: Confié plenamente en la revista y además, antes no era como ahora, que cualquiera investiga lo que quiera a través del Internet. Así que la chica de Bilbao estaba descartada para cualquier lance amoroso: Por fea y por lo que acabo de comentar.

Por la forma de ser de Sara, mi amistad con ella creció, creció y creció. Chavalón, me decía, y así fui con ella a hacer la compra al supermercado, a lavar la ropa por primera vez, a cenar en la cocina de ella, a jugar tenis y a jugar squash. Fueron cuatro meses de compartirlo prácticamente todo. Sara pasó de llamarme chavalón y comenzó a decirme majito y ya sabe Usted doña Ángela que cuando hay algo de cursilería en el lenguaje hay algo más. Imagínese Usted como se me fueron transformando esas veladas en la cocina de Sara, a medida que crecía mi encantamiento por ella y al mismo tiempo crecía mi temor a un contagio accidental de su padecimiento a través de una pequeñísima gota de saliva. Logré salir de esa mezcla de amor y terror el día que me decidí durante una de mis caminatas nocturnas entre la neblina inglesa de que bien valía la pena unir mi vida a la de ella, y ya sabía yo que implicaba unir no solo nuestras alegrías sino también nuestros gérmenes, bacterias y virus.

La idea de compartir fortunas y tristezas no se me cruzó por la mente en aquellos días. Esos son miedos más contemporáneos y hoy estoy hablando de aquel entonces. Regresé a mi habitación de tres metros de largo por dos de ancho con la firme intención de declararle mi amor a Sara al día siguiente. Pero sucede que dar ese paso no fue tan sencillo como parecía porque cuando yo quería entrar en materia ella me cambiaba el tema o se escudaba en el pretexto universal de todas las mujeres cuando le quieren decir a uno que no, o sea que por enésima vez volvía al tema de que ella tenía novio y de que estaba muy enamorada, pero por su mirada yo sabía que no era verdad o al menos eso pensé.

Yo le pido doña Ángela que no me juzgue como un timorato porque bien sabía yo que un beso en la boca en el momento propicio era la solución para salir del trámite de la verbalización del amor por ella, pero dadas las circunstancias particulares de esta historia no podía yo dar ese beso sin sellar antes un compromiso mutuo de lealtad eterna, porque si yo contraía esa enfermedad de la que hablé no sería nada mas así como así, a ver si ya me entiende lo que le estoy tratando de explicar. Y vaya que si hubo varias oportunidades de darle ese beso en la boquita, y tan las hubo que ahora que relato todo esto haga de cuenta que la estoy viendo, con los ojos un poco entre cerrados y la boca un poco entre abierta. Al cabo del tiempo ese beso que nunca nos dimos comenzó a enfriar esa amistad o lo que haya sido, porque tal vez ella percibió rechazo de parte mía y yo percibí en ese intento de beso algo mucho mas grave que se llama traición.

Le estoy haciendo el relato de los hechos sin situarlos en su contexto. Decidí ir a Inglaterra a estudiar mi maestría allá por tres razones: El costo era mucho menor que en los Estados Unidos; la duración era de tan solo un año; y tenía yo la idea de que el esfuerzo intelectual para cursarla sería menor. No era tan solo una cuestión de pereza de parte mía sino que por aquel entonces tenía yo la convicción absoluta que mis estudios de licenciatura en México habían sido excelentes y que tan solo era cuestión de obtener un grado en el extranjero para que el mercado laboral me reconociera como un buen economista. Obtener ese grado sería tan sencillo cómo tramitar la licencia para conducir: Ya sabía yo manejar muy bien y solamente hacía falta un documento que lo certificara. Fue un error de cálculo colosal.

Me admitieron en la Universidad de Warwick sin que estuviese yo al tanto de que por aquellos años contaba con la segunda facultad de economía más reconocida en la Gran Bretaña y en algunas disciplinas se peleaba el primer lugar con Cambridge y Oxford. El primer día de cursos me di cuenta de que yo y otros dos italianos éramos los mayores del salón. Después del primer mes me di cuenta de que mi formación en México era muy deficiente en cuestión de matemáticas, ya que nunca había yo cursado ecuaciones diferenciales dinámicas y esas eran el pan nuestro de cada día. Y finalmente me di cuenta de que la teoría económica había avanzado mucho desde que había terminado mi licenciatura hacía seis años. En todas las materias se aplicaban los avances en teoría de juegos y teorías de la información. Ello requería de matemáticas muy complicadas que sencillamente yo no conocía. Dos o tres meses después de mi llegada a Inglaterra, la posibilidad de fracasar en mis estudios de maestría era real. Pero por ningún motivo debía yo fracasar. No podía llegar derrotado a México de esa manera. Sería un estigma y el final de mi carrera como economista.

Me salvó el paisanaje. Había dos mexicanos en el programa doctoral que habían cursado la maestría un año antes. Me dieron consejos, tareas y ejercicios, y estrategias de preparación para los exámenes en cada etapa. El esfuerzo intelectual fue gigantesco. Al final aprobé pero el costo personal fue altísimo.

Mientras que yo luchaba con todas mis fuerzas para no hundirme, mis compañeros más jóvenes competían por los primeros lugares, para posicionarse adecuadamente para solicitar becas que les permitiesen seguir estudiando el Doctorado y finalmente, lograr una de las pocas plazas disponibles como economistas en instituciones tales como el Banco de Inglaterra. Ya en aquel entonces era frecuente el desempleo en Europa inclusive para jóvenes con títulos de doctorado. Sara estaba en esa lucha. España no era la excepción. La vida universitaria era similar a la de un monasterio. Con la diferencia de que es más difícil estudiar que ponerse en oración, pienso yo.

La mente humana es difícil de entender. Mi experiencia es que la mente se vuelve obsesiva si la fuerza uno para ponerla a pensar. Al bañarme, al caminar, al dormir, se me aparecían ecuaciones y razonamientos…El subconsciente no dejaba de trabajar una vez que exhausto dejaba mis largas horas de estudio. Así entre el conciente y el subconsciente se fue dando el proceso de aprendizaje de cuestiones al principio incomprensibles.

Dentro de esos círculos de pensamiento constante, estaba Sara tanto en los procesos concientes como en los subconscientes. Una noche comencé a sentir angustia. Traté de serenarme. La angustía crecía. Racionalmente traté de analizar, de discernir, de serenarme. Imposible. Angustia por Sara? Angustia por los estudios? Angustia por ese ambiente universitario tan intelectualizado y enfermizo? El corazón me latía cada vez mas aceleradamente. Entré en pánico. Recuerdo que mi último pensamiento de esa noche fue que iba a morir. Cuando la angustia llegó a su punto máximo, viví la única experiencia mística de mi vida. La Virgen de Guadalupe estaba ahí, no se dónde, pero estaba ahí, tengo la certeza absoluta de haberla visto, y de inmediato me volvió la paz. Me dormí.

Ya divagué lo necesario para llegar al final, doña Ángela. El beso a Sara sería mi máximo acto de amor por ella. Necesitaba que ella así lo entendiera. Y que después de ese beso no podría haber ninguna marcha atrás. Ninguna. Ese beso tendría que sellar nuestro destino por toda la eternidad. Tanto el mío como el de ella. Un día caminando nuevamente entre las neblinas de la noche me percaté que ese pacto de amor y solidaridad eternos sería imposible porque estaría basado en la traición. Si, adivina Usted, doña Ángela, sería la traición de Sara a su novio Jésus. El mismo quien, según mis razonamientos, habría hecho un pacto similar con ella antes que yo. No, sencillamente, entre Sara y yo, no podría haber beso.

Esa noche la neblina del camino de Kenilworth aclaró mi pensamiento. Lo que siguió después fue sencillamente horrible. El amor se nos escurría de entre las manos sin que hiciéramos nada por evitarlo. De tanto convivir podíamos leernos los pensamientos. Un día ella se percató que yo ya sabía lo del herpes sin que nunca lo hubiésemos hablado, pero como nunca me lo dijo, actué como si no supiera, hasta que fue imposible seguir actuando así, pero tampoco se podía actuar como si en realidad me lo hubiese dicho, porque no me lo dijo. Me lo insinuó pero no me lo dijo. Yo nunca le dije "te amo" y supuse que ella lo sabía, pero como no lo dije, en realidad no lo pudo saber. Tampoco me dijo ella nunca "te amo" lo cual aún hoy es una mera suposición. Me dijo mil veces que amaba al novio, lo cual dudé y sigo dudando, pero tampoco dijo nunca lo contrario. Ese juego de saber y no saber, de suponer y presuponer, me dejó agotado emocionalmente. A ella posiblemente también. Una mirada dice mas que mil palabras. Pero las palabras necesarias se tienen que pronunciar fuerte y con todas sus letras. Si lo quiere ver así, esa fué la gran lección.

Veinte años después, vengo a darme cuenta que la neblina del camino de Kenilworth me nubló la mente. Nos faltó madurez, a mí, a mis 28 años, y a ella, a sus 22. Tan fácil que hubiese sido entablar una dinámica de comunicación directa, en lugar de jugar por tantos meses el juego de que “yo sé pero tu no sabes que yo sé”, “tu sabes que yo sé pero como no me lo has dicho no lo sé” y así consecutivamente.




En aquella banca en Bogotá, no pensaba en nada de esto. Pensaba sencillamente en un lejano amor.



Doña Ángela: Su novela ha sido clasificada como “idealismo mágico”. A mi me han dicho que actúo bajo el “realismo cínico”. Le expreso mi más profunda admiración hacia su persona, sin esperar que Usted sienta ninguna admiración hacia mía, porque sencillamente esas dos admiraciones no pueden ser consistentes desde una perspectiva lógica. Apelo tan solo a la comprensión humana de quien escribió una bella novela de amor. Respetuosamente,

Alcides Montes

viernes, 21 de diciembre de 2007

La Niña Cincomesina

PARA LOS AMIGOS Y AMIGAS QUE LLEGARON BUSCANDO ALGO DISTINTO A LO QUE ES UN CUENTO, LES DEJO EL LINK, CONEXCOL, SUERTE. OJO: PONGAN FILTRO FAMILIAR DESACTIVADO

LA NIÑA CINCOMESINA
Diciembre de 2007

Llegó un hombre a un bar. No había muchos de ese giro en Manizales, una ciudad tranquila y relativamente pequeña. De acuerdo con las normas de la casa, cada una de las chicas fue a presentarse con el cliente. Dijeron su nombre y posaron por un instante frente a él.

–Llegó un hombre muy feo, le dijo una a otra.

Días antes, ese hombre, en otro lugar, en “La Piscina” en el barrio El Chapinero de Bogotá, mandó llamar a una chica de 18 años. “Barely legal” como dicen en inglés. Quería irse con ella. Pero ella se negó.

-Usted me hace recordar a mi abuelo, y no le puedo faltar el respeto a él.

Se negó y se siguió negando. El hombre se levantó tranquilamente, le dio una propina a la muchacha, pagó su cuenta y se fue. Desde meses antes presentía que algo así podría llegar a sucederle. A la salida, frente a un espejo de los muchos que hay en esos lugares, se vio como un hombre mayor. -Soy medio viejo, medio tullido, feo, calvo, canoso, y cada vez más arrugado, pensó para sí.

Esa chica le había dicho algo más:

-Con Usted, no disfrutaría ni sentiría nada.

Le sorprendió más este comentario que el primero que le había hecho. Las chicas prepago quieren “sentir”. Quieren “venirse”. -Las mujeres tienen ese derecho, ni quien lo discuta, y para uno, es mucho mejor a que se tiren como una vaca. Pero también las que cobran? En eso pensaba el hombre cuando le entró la ansiedad porque ningún taxi se detenía...hasta que por fin uno lo levantó y el chofer le explicó que el barrio era peligroso, frecuentado por "traquetos", sicarios y borrachos comunes.

Eso fue unos días antes de que el hombre llegara a Manizales. Había ido ahí a conocer a una muchacha que era su amiga en el Chat del Internet. Cenaron. Seis meses de contarse sus vidas en el Chat habían servido pero la relación “cara a cara” apenas tendría que comenzar. Al terminar la cena el hombre se sintió otra vez solo, y por eso se fue al bar, con la inquietud de que no fuera a suceder lo mismo que en El Chapinero, donde le hizo recordar a su abuelo a una muchacha.

El no se dio cuenta cuando una le dijo a la otra que había entrado un hombre feo. La chica a la que se lo dijeron le entró curiosidad, y aunque lo vio feo, tuvo un presentimiento: -El me llevará y me la pasaré bien. Se ve con clase. El hombre ya tenía sentada a su lado a una chica de 18 años, como para sacarse la espina. Cuando vio entrar a la otra muchacha, el también tuvo un presentimiento: -Con ella me la pasaré mejor. No preguntó su edad, costumbre rara en él. Charlaron un rato y partieron en el taxi, primero al cajero de Bancolombia, después al Hotel Carretero. La negociación había resultado muy sencilla, una vez que ella le dijo a él: -Yo no soy mala. Se puso fin a la odiosa discusión de cuántos pesos por cuánto tiempo y por qué servicio, sin que los términos y condiciones hubiesen quedado claras para ninguno de los dos.

El hombre había bebido y tenía más ganas de dormir acompañado que de tener sexo. Llevaba varios días de viaje en un recorrido por distintas ciudades de Colombia, elegidas un tanto al azar. En ningún lado conocía ni conoció a nadie. Por eso abrazó a la chica y se durmió. Necesitaba con urgencia el calor de la espalda de una mujer mientras dormía. A diferencia de otras ocasiones, no tuvo el temor de que al despertar, ella no estuviese y se hubiese llevado sus objetos de valor. Claro, el sobre con la fajilla de los dólares y las tarjetas de crédito estaban resguardadas en la caja de seguridad, pero en la habitación estaba la cámara digital, la videocámara y el computador. En parte ella le dio confianza y en parte, llevaba las cámaras porque iba a ver a una amante en Medellín, y no fue para allá, a pesar de haber planeado meticulosamente ese encuentro, sencillamente porque la amante nunca le contestó el celular, porque como se enteró después, ella se había enredado con alguien más, y así las cosas, las cámaras ya eran un estorbo y no el preciado objeto que eternizaría sus momentos de felicidad.

Despertó y acarició el cabello de la chica que aún dormía. Por primera vez la observó bien. No era hermosa ni tampoco fea. Era joven pero no muy joven. Hicieron el amor. El hombre lo disfrutó; la muchacha también a su manera. Lo que le pareció mas agradable fue la charla que tuvieron después, escuchando las noticias matutinas del Canal Caracol, y saboreando el desayuno que llegó a la habitación. La chica sacaba la charla con mucha espontaneidad. El hombre llevaba ya varios días de hablar poco, casi nada más lo indispensable con los empleados de hoteles, taxis, líneas áereas, y restaurantes. Claro, habló con la chica de Internet durante la cena, pero no lograron romper el hielo en ese primer encuentro. Ahora, la charla mañanera lo deleitaba, porque habló de todo y no habló de nada. Después de diez días, tenía por fin una conversación que le pareció agradable, sin tener que desempeñar ningún papel, sin tener que dar una buena impresión, sin tener que negociar nada.

Al hojear el diario dijo ella: -Yo siempre les mando besos a los soldados cuando los veo pasar. Están tan solos allá en la montaña. El hombre se identificó con los soldados. El casi siempre se sentía solo.

Ella nació cincomesina. El asunto salió a relucir porque su fisonomía es un tanto peculiar: Tiene un clítoris prominente y muy alejado de la vagina, lo cual planteó problemas técnicos a la hora de hacer el amor. Como ella quería sentir, disfrutar y venirse, su mano tuvo que entrar en acción. El hombre no le dio importancia al asunto, porque le tenía totalmente sin cuidado si la chica buscaba el orgasmo vaginal o el orgasmo clitoriano o la mezcla de los dos. De muy pequeña, la familia la llevó a ver médicos y más médicos, porque no se veía muy normal. Ella recuerda que algún doctor le dijo que había la posibilidad de que ella fuese hermafrodita, porque claramente, la vagina estaba ahí, pero los ovarios no estaban en su sitio, y ese clítoris prominente confundió al galeno con el pene de un bebé, eso sí, pequeñito, inclusive para ser de bebé. Pasaron los años y pasaron los doctores, y el diagnóstico de hermafrodita quedó superado, y con radiografías y mas radiografías le explicaron hasta el cansancio los rasgos tan peculiares de su fisonomía, que no son tan graves para hacer el amor, pero si le impiden tener bebés. Salió también en esos exámenes que tiene fuera de sitio el riñón. –El que se case conmigo tendrá que pagar tres cirugías: La del riñón, la de los ovarios y la de la vagina. Prácticamente me tendrán que volver a hacer. De tener la plata, es decir dinero, ella se operaría de inmediato:

-Si, pero comenzaría con la nariz.

Tiene una jiva. Al hombre le causó gracia que ante semejantes problemas de la chica, ella antepusiera la estética a la funcionalidad. También se haría los pechos más grandes. Y ya después, corregiría el problema del riñón, porque ese le causa un dolor permanente, y finalmente los otros dos.

Desde niña fue bonita. La buscaban mucho los niños en la escuela por ese color de ojos que ella tiene, que a veces se ven verdes y a veces se ven azules. –Los tengo verde-azules, corrigió al hombre con una sonrisa. Y también por su piel morena clara y su cabello tupido, largo, lacio, de un hermoso color marrón. Al crecer ella y volverse mujer, la situación económica de su familia no era buena, sencillamente, porque nunca lo fue. La madre siempre ha sido empleada doméstica, y cuando nació la niña cincomesina, el marido la abandonó. No estuvo dispuesto a afrontar todos los gastos, cuando miró a la niña dentro de la incubadora.

–A veces tengo el sueño de que mi padre me vendrá a buscar, y que será un hombre rico, próspero. Pero no creo que eso vaya a pasar.

Nació en Cali y se crió en Pereira. Ella, bonita, tuvo un noviazgo hermoso. –De esos que das un beso largo, largo, y no necesitas nada más. Pero otros señores se fijaban en ella. Le hacían obsequios. La coqueteaban. Sin darse cuenta, cayó en el sexo por amor. Cuando colocó su anuncio en Internet, se convirtió oficialmente en chica prepago. –Ahora no sé que seré. Pre-puta, había dicho la noche anterior, entre sonrisas. Porque las prepagos no trabajan en bares. Solo a domicilio.

Así, entre tema y tema, se bañó el hombre y se bañó ella. Fue cuando le dijo: - Por qué no te rasuras ahí? –Ahí? –Si, ahí. Que porque es mas higiénico. Que lo mismo que piensa el hombre de los pelos íntimos, también lo piensa la mujer. El hombre estaba divertido con todos estos temas. –Vaya charla, pensó el, igual figura una hermafrodita, un soldado anónimo, el sabor del jugo del desayuno, las ofertas de empleo del diario, la historia de un noviazgo hermoso, las peculiaridades de un oficio tormentoso, y la igualdad sexual entre hombres y mujeres en materia de depilación…

Desayunaron y salieron del hotel para ir a pasear. Manejando el auto por una estrecha carretera que sube hacia el Nevado del Ruiz, viendo los llanos, llanuras y montañas de verde intenso, sintió de pronto lo maravilloso del momento que la vida le daba. Le hacía falta ver esos paisajes y tener esa compañía. En los Termales del Otoño ambos se metieron a la piscina de aguas de manantial, a cuarenta grados de temperatura. Se relajaron aún más. Se tomaron fotos. Ahora, sin hablar mucho, se dieron cuenta que el embrujo estaba por terminar. Al caer la noche ella tendría que estar de nuevo en el bar. El llegaría una vez más a dormir solo en su habitación.

-Tan fácil que es tener compañía, pensó él, al apagar la luz. En lo que esperaba a que llegara el sueño de esa noche, comprendió la trama de su soledad. –Pones requisitos y más requisitos. Siempre buscas chicas como cromos de calendario y anoche que le diste mas importancia a la simpatía que a su aspecto, mira que bien te fue. Sonrió. Pensó que después de todo aún sería posible encontrar una salida al laberinto de su soledad.





lunes, 5 de noviembre de 2007

CARTA A LA CIUDAD DE MÉXICO



CIUDAD DE MÉXICO: UNA GEMA CAYÓ DE TU CORONA

Nunca te había escrito una carta. Tu sabes que diario reniego de ti por el tráfico aborrecible que me haces padecer. Acuérdate de lo que me hiciste hace seis meses: Llovió un poco más de lo normal, es cierto, y se inundaron algunas de tus principales arterias. Yo no lo sabía, aunque debí intuirlo. Ingenuamente tomé mi carro por la noche después de cumplir con mi jornada laboral, crucé con toda normalidad la Colonia del Valle, recorrí unas callecitas de Mixcoac que desembocan a Patriotismo, más adelante di vuelta en San Antonio y tomé Periférico, dirección norte. Ahí comenzó mi sufrimiento. Tardé casi media hora en avanzar los dos kilómetros que hay para llegar a la altura del Viaducto, otra media hora en avanzar los 500 metros para llegar a la salida de Periférico y Reforma, y dos horas más, sí, dos horas más, para llegar a mi casa. Hice casi cuatro horas en un trayecto en el que, tu lo sabes bien, no debí haber demorado más de media hora a una velocidad promedio de 40 km/hr.

Recuerda también que por poco me conviertes en un delincuente, cuando me bajé fúrico de mi auto en medio de la lluvia para reclamarle a una señora que me había dado un recargón con su campera por segunda vez consecutiva. –Deje de darle de golpes a mi carro, le grité. –Avanza y mueve tu carro, me gritó a su vez. Fuera de mí, le volví a gritar, qué como quería que lo moviera, que por esa maldita calle no se podía avanzar, y que llevaba tres horas tratando de avanzar y nada más no avanzaba nada. –Apaga tu cigarro que te va a dar cáncer, me dijo burlonamente. En ese instante sentí el impulso de aventarle el cigarro en su cara, ó sacar mi llave de cruz para aporrearle el cofre a garrotazos. Por fortuna los carros adelante del mío se movieron unos metros, serían tres o cuatro, pero suficientes para que todo el río de carros que venían detrás de mi y de la señora hiciera sonar sus bocinas. Yo solo, desafiando un río de luz que provenía de miles de vehículos que en la oscuridad no percibía, entré en razón, me subí a mi carro, y avancé dócilmente los cuatro metros que tenía libres…Ya después medité sobre cómo había sido posible que yo, siendo una persona tan tranquila, hubiese estado a punto de romperle la cara a una señora a varillazos. Cuando llegué al Puente de Tecamachalco, me di cuenta que ahí estaba la causa del atorón: El Puente estaba inundado.

Si, leíste bien, mi querida Ciudad de México. El Puente estaba inundado. Tu sabes bien que no tienes ningún río que te atraviese y mucho menos uno que aumente tanto su caudal como para llegar a inundar un puente. Tu sabes que los ríos que dicen los historiadores que tuviste alguna vez cuando eras Valle de México, están todos entubados. Tu sabes que ese puente que se inundó es nada más para cruzar una barranca, bastante profunda, por cierto. Tu sabes que ese Puente se inunda porque tiene las coladeras tapadas con la basura que tiramos todos tus habitantes…Yo a veces tiro mis colillas a la calle, pero sigo sin asimilar como es posible que se te inunden los Puentes: Debería bastar con hacerle más hoyitos en el piso para que drenaran, pero no, nadie se los hace, porque en el caso de ese Puente, la mitad queda en el Distrito Federal y la otra mitad en el Estado de México, o sea que una mitad es gobernada por el PRD y la otra mitad por el PRI, y evidentemente la barranca que está abajo es gobernada por el Gobierno Federal, porque se trata de un cauce de agua que por definición constitucional es propiedad de la Nación.

Yo sé que no es tu culpa, mi querida Ciudad de México, que tengas divisiones administrativas tan absurdas, que la democracia te haya generado problemas adicionales de coordinación entre lo que se dice que eres, la Ciudad de México, y lo que supuestamente no eres pero también eres: La Zona Conurbada del Estado de México. Yo sé que somos 20 millones de habitantes en total y que tu nos das abrigo a todos, que todos queremos manejar un auto, que a nadie nos gusta pagar impuestos, que por lo mismo no hay dinero para limpiarte los drenajes y que por eso una lluvia más fuerte de lo normal te desquicia a ti la circulación y a mi me crispa los nervios.

Pero tu sabes, Ciudad de México, que a pesar de todo te quiero y que me traes gratos recuerdos. Tu sabes el orgullo que siento de formar parte de ti cuando te admiro desde la ventanilla de un avión antes del aterrizaje…Eres un mar de luz interminable…de repente veo unos islotes oscuros, algunos con formas irregulares que pienso que serán cerros pero ignoro por dónde pudiesen estar, y otros con formas rectangulares, que no sé si serán tanques de tratamiento de aguas negras ó alguna otra cosa que no he logrado investigar. O sea que no te conozco bien, Ciudad de México, a pesar de tantos años de convivir juntos. Muchos de tus secretos no me interesan, te lo digo de verdad: Qué hay en Chalco, Atizapán, Coacoalco o Iztapalapa me tiene sin cuidado…Habrá casas, calles y comercios, me da igual. Con lo que conozco me parece suficiente.

De tus límites hacia el Sur, no me interesa nada más allá del centro comercial de Perisur; al Norte, nada más allá de Ejército Nacional; al Oriente, nada más allá de tu Zócalo majestuoso, y al Poniente, me interesa todo, porque vivo por ahí y porque desde ahí salgo hacia la carretera a Toluca que me trae a mi queridísimo pueblo de Valle de Bravo. Tu sabes que he descrito uno de los cuadrantes mas interesantes de ti, de América Latina y del Mundo. Quedó dentro la Ciudad Universitaria y el Estadio Azteca, la mejor parte de la Avenida de los Insurgentes, el Corredor Reforma-Zócalo, tu Centro Histórico de donde proviene tu apodo de Ciudad de los Palacios, la Alameda, tus principales parques, museos y monumentos…Solo se sale del cuadrante que describo la Torre de PEMEX, la más alta de México, lo cual no me preocupa porque no acabo de descubrirle un atractivo a esa Torre…El día que subí hasta arriba al comedor ejecutivo en los pisos más elevados, solo vi entre la neblina y una espesa capa de smog, unas manchas negras y tanques oxidados de lo que fue la Refinería de Azcapozalco…Se me sale del cuadrante la Basílica de Guadalupe y el Aeropuerto Internacional, pero no hay problema: Los concibo como islas cercanas en el mapa del cuadrante.

Ciudad de México: Como sucede con las damas, que de algunas nos gusta su sonrisa, de otras su cabello y de otras sus piernas, de ti solo me gusta el cuadrante que ya mencioné. Pero tu sabes mejor que yo que cada uno de los 20 millones de habitantes tiene su cuadrante favorito dentro del cual se mueve. Ninguna parte de ti se queda sin admiradores.

Empecé diciendo que reniego de ti y luego dije que me traes gratos recuerdos. Hice la digresión del cuadrante, porque ahí ubico los gratos recuerdos. Fuera del cuadrante eres una auténtica pesadilla, un invento de mentes diabólicas. Ni contratando por concurso a los peores arquitectos del mundo y juntándolos en un comité, te habrían podido diseñar de una manera más absurda.

Pero mi cuadrante alberga bellas colonias y solo diré mis favoritas: La Colonia Roma, con sus calles con camellón al medio y palmeras majestuosas; la Condesa, igualmente llena de árboles, la Colonia Juárez a los que muchos le nombran la Zona Rosa, y Polanco, la única zona residencial de alto lujo que tiene al mismo tiempo los mejores comercios, sobre todo, en la elegantísima Avenida Presidente Masaryk. Muchas tardes he pasado en los restaurantes que tienen mesas sobre las banquetas en alguna de estas colonias, tomando ron, y disfrutando de los ruidos y escenas de mi ciudad. Desde luego son escenas burguesas porque así es por definición mi cuadrante: Pasan los BMV´s, los Mercedes Benz, los Mini-Cooper y a veces uno que otro Ferrari, con hermosas chicas al volante ó del lado del conductor. Se detienen en busca de los valet-parking, quienes solícitos y serviciales se acercan a recibir el auto, se bajan las parejas, los grupos de muchachas y muchachos, y se dirigen con arrogancia hacia alguno de los capitanes de meseros, pidiendo mesa.

Todas las cosas, al igual que las personas, tienen su momento en el que lucen mejor. Las mujeres cuando salen de la ducha, con el cabello húmedo, con alguna gotita de agua en el brazo, llenas de frescura. Los carros, cuando mejor lucen, es al comenzar a caer la noche, cuando encienden los cuartos de sus faros, que despiden una hermosa luz ámbar ó naranja, dependiendo del modelo, y la última luz del atardecer ilumina todavía perfectamente su figura. Sin moverme de mi mesa, el paisaje cambia continuamente, con los ires y venires de las gentes y de los autos, con el movimiento gradual de las sombras conforme avanza la tarde, que en ocasiones, permite descubrir un bello rostro que instantes atrás, era imperceptible a causa de la deslumbrante luz del sol. Al caer la noche, el espectáculo se vuelve más monótono, el movimiento baja, y es el momento de irse para otro lado. Porque ya para entonces el ron que se consumió durante la tarde está un poco subido a la cabeza y de ver tanta mujer hermosa, la neurona está también alborotada. Y tu, querida Ciudad de México, ofreces tantas opciones…

Me remonto unos veinticinco años en tu pasado y en el mío, Ciudad de México. -Vámonos al Gema, proponía alguno de los comensales amigos míos. Propuesta irresistible en aquel entonces. Hoy, querida Ciudad de México, ofreces una gama mucho más amplia de posibilidades, pero perdiste al Gema, y lo perdiste para siempre. Perdiste al Gema y su concepto. No te culpo. No fue cosa tuya ni de tus gobernantes ni de tus habitantes. Sencillamente las cosas pasaron como sucedieron.

En las épocas de esplendor del Gema, lejos, muy lejos, se gestaba el virus que lo destruiría, como bar y como concepto. En tierras africanas, según he sabido después, la convivencia del hombre con los monos hizo que al paso de las generaciones, un virus inocuo, como esos que provocan gripa, mutara en un virus mortífero y letal. Hay quien afirma que fue producto de la zoofilia, es decir, de la práctica sexual de los humanos con esos animales. El hecho es que ese virus comenzó a esparcirse y mientras se circunscribió al Africa, no fue noticia, porque en ese continente la gente muere por muchas causas que a la civilizada Civilización Occidental le tienen sin cuidado. Algún día, no se sabe ni se sabrá con precisión cuando, un viajero europeo, cuyo nombre tampoco se conoce ni nunca se conocerá, llegó al Africa por un motivo también desconocido, que pudo haber sido de negocios o de turismo, pero eso no es lo fundamental.

Lo importante es que a ese viajero, le pasaba lo mismo que a un tipo que fue colega mío: -Imagínate, Alcides, aquella negra joven, de pechos firmes y pezones grandes, echada sobre el escritorio, y yo, haciéndole el amor, viendo pasear a las jirafas a través del ventanal. De esa manera, o de otra muy similar, llegó el virus letal a Europa. Diez, veinte, treinta tipos, morían en Europa a causa de un virus desconocido que atacaba su sistema inmunológico, y cundió la alarma mundial. Con las defensas destruidas, cualquier gripe normal o diarrea infecciosa podía matar a esos infelices infectados con el virus. El Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida, o SIDA, se dio a conocer así a escala mundial. Lo peor de todo, pues enfermedades hay muchas, era que se trataba de una que se contagiaba a través del contacto sexual.

En esos primeros días después de la aparición del SIDA, la vida del Gema siguió con toda naturalidad. Pero cada vez era más frecuente la alusión al tema por parte de algún parroquiano. Al principio era fácil dar una respuesta tranquilizadora. –Al fin que ese virus no ha llegado a México…solo le da a los maricones, a los drogadictos, y a los negros. Por cuestiones que desconozco, los grupos vulnerables al principio eran esos y nada más que esos. ¿Sería bisexual aquel viajero al Africa del que nada se sabe? Y por esa razón el virus comenzó a incidir sobre todo en la comunidad homosexual? Y a parte, habría alguna correlación entre la homosexualidad y la drogadicción? Todo el mundo se hacía esas preguntas, hasta que un día, se dejaron de hacer, por irrelevantes: Se hacían públicos cada vez más y más casos de mujeres infectadas por el virus. Ahora toda la población mundial estaba expuesta! A partir de entonces, el Gema vivió una muerte lenta, igual que si le hubiese dado SIDA: Cada vez iban menos clientes, menos chicas, y sobre todo, para la ruina de la casa, cada vez menos clientes se llevaban a las chicas a los hoteles de los alrededores. Un día, el Gema dejó de abrir. No sé cuando, porque yo también dejé de ir. Permaneció así, cerrado, con sus ventanales polarizados cada vez mas sucios y con su fachada cada vez más descuidada, alrededor de unos veinticinco años. Como los muertos de SIDA, era un cadáver insepulto al que nadie quería tocar. Tu debes recordar bien el lugar, Ciudad de México: Estaba en la esquina de la Avenida de los Insurgentes, Centro, esquina con Alvaro Obregón. Tu debes saber de muchos otros lugares que sufrieron la misma muerte, que yo no conocí por no haber estado ubicados dentro de mi cuadrante.

El cliente era un auténtico rey; era más que un jeque árabe; tenía en vida lo que a un suicida musulmán se le tiene prometido tan solo hasta que llegue al Paraíso. Claro, no eran 50 mil vírgenes, eran menos que esa cantidad, y tampoco eran vírgenes. Pero estaban ahí, muchas chicas, jóvenes, hermosas, semi-desnudas, sonrientes, listas para agradar al rey, que era el cliente, en cuánto él se decidiese a llamar a alguna. Y en esta vida. Sin necesidad de resucitar en una siguiente.

Sin riesgos. Sin riesgos de acabar detenido por manejar hacia el hotel con unas copas de más, porque no había ese invento del alcoholímetro que se aplica ahora, por el cual detienen al conductor entre 24 y 48 horas sin derecho a salir libre bajo fianza. Y sobre todo sin riesgos de contraer una enfermedad de contagio sexual que no tuviera cura. Fue una brevísima ventana histórica que hubiesen deseado vivir los libertinos de todas las Edades de la Humanidad: Los pocos años que pasaron entre la derrota final de la mortífera sífilis, y el surgimiento de ese nuevo virus igualmente mortífero que se llama SIDA. No sé cuantos años duraría esta etapa de oro del libertinaje. Solo puedo decirte, mi querida Ciudad de México, que a principios de los años ochenta no había ni temor a la sífilis ni temor al SIDA ni temor a nada. Nada, quiero decir, que no pudiese ser curado con unas oportunas inyecciones de penicilina.

Llegaba uno pues al Gema y se instalaba en compañía de los amigos. Se pedía la botella. Se pedían los hielos. Se pedían los refrescos para combinar al gusto la bebida. –Joven, tráigame limones. Se echaba el ron al fondo, después el hielo, luego se exprimía el limón y se meneaba el vaso para “quemar” la cuba. Quién no sepa de lo que hablo que lo haga, para que aprenda cómo mejora el ron. Chicas subían y chicas bajaban. Dizque al camerino. Pero no: El Gema lo diseñó un arquitecto genio. Conforme subía la chica, uno la observaba con un ángulo diferente, hablando en sentido estricto. Si el objeto de atención en Planta Baja era la falda, por no decir el trasero, a media escalera la falda ya quedaba a unos 45 grados del ángulo visual original y un poco más arriba, ya no se apreciaba la falda sino más bien el calzoncillo de la dama. Ilustre ciudad de México: No me vayas a preguntar dónde es que estaba yo sentado. Te digo que El Gema lo diseñó un genio: Había espejos por todos lados, lo sabes bien, así que ni se te ocurra venir a cuestionarme lo que afirmo. Ni tampoco me preguntes por qué subían tantas veces las chicas al camerino. El arte de su seducción estaba a la altura del talento del arquitecto anónimo que diseñó la escalera, quien de no haberse dedicado al giro rojo, hoy sería más renombrado que nuestro ilustre Juan Barragán.

A media noche el lugar estaba lleno a reventar. Los clientes sentados y las chicas de pie. Nunca estáticas: Sabían cómo llamar la atención. Coqueteaban con todo su cuerpo, seguían el ritmo de la música, repartían sonrisas a quien las mirase… Los clientes con las miradas fijas, cargadas de lujuria y de deseo, imaginando, calculando las consecuencias de una noche más de excesos, de llegar tarde a casa, de perder el sueldo del mes, hasta que el espíritu animal se rebelaba, se perdía la conciencia de todo lo demás, lo que no fuese el objeto del deseo, y el mercado de la carne comenzaba a funcionar. Uno por uno, o todos a la vez, los clientes llamaban a las damas a las mesas, para sentirlas de cerca, para saber su trato, para sentir la excitación creciente con el contacto de esa piel, la de un muslo, la de una mano…y decidir por fin, marcharse con ella al hotel cercano y terminar ahí con esa excitación. Cada cliente es diferente y cada chica también. Algunos, con la primera que les gustaba se iban. Hay cerebros que sencillamente no pueden aguardar. Otros, los analíticos, las veían a todas, y no se conformaban sino con la mejor. Alcides veía una, luego otra, charlaba con una y luego con otra. Por lo general tardaba en decidir. Las chicas igual: Unas pasaban de mesa en mesa, insistiendo, perseverando, tratando de agradar, o de despertar el instinto animal que les daría el dinero, porque para buscarlo es que estaban ahí.

Otras, cruzaban el salón con decisión, como si supieran exactamente hacia donde dirigirse. Bien que lo sabían: Irían ahí donde encontrasen esa mirada del hombre que al verla no podría resistirse más. Tenían una mirada escrutadora, pero no obsesiva, no delatadora, como la del cliente. Si la encontraban, listo, y si no, se refugiarían temporalmente en algún lugar, en la cabina del sonido, en el camerino, ó donde fuera, pero no sobre-exponerse. No aparentaban estar buscando nada, sencillamente pasaban con un aire de naturalidad, como la muchacha que cruza un corredor de la escuela ó el andén del tren. Alcides, ya solo, bebiendo ron, pues sus amigos se habían marchado ya, ve de pronto una muchacha alta, vestida de blanco, delgada. La ve como una aparición. Tan grande es su excitación que no charla, no pregunta, saca la tarjeta de crédito y ya. Veinticinco años después, Alcides no recuerda como la pasó después. Solo recuerda que la semana siguiente volvió al lugar, al Gema, y que sucedió lo mismo: Escudriñó a una y mil muchachas y cuando cruzó el salón una chica, volvió a sentir ese mismo impulso: -Con ella. Y ya después se dio cuenta que era la misma chica de la vez anterior, aunque iba arreglada muy distinto, Alcides no recuerda cómo, solo recuerda ese impulso de decir: Con ella, y ella volvió a ser ella, y así seguirá sucediendo mientras en el mundo exista la química hormonal. En ocasiones Alcides se iba a su casa solo: Ninguna de las mil y un chicas prendió lo suficiente la chispa de su excitación.

Mi querida Ciudad de México: No sé ni para que te cuento todo esto. Tú conoces mejor que yo las épocas de gloria de ese lugar. Y de cómo se vino a pique después de la aparición de ese virus tan mortal. Durante la decadencia, yo no estuve en el país. Al volver, no había ni Gema ni establecimientos similares, ni tampoco me dio mucha gana por irlos a encontrar. El temor de que una pequeña fisura en un látex pusiera en riesgo mi vida mató cualquier sentido de la excitación. Mató la lujuria. Muchos hombres de mi generación nos volvimos calvinistas: Pasamos del libertinaje a la abstinencia sexual. La nueva regla de los tiempos era “solo con tu pareja”. Los adictos de lugares como el Gema nos quedamos como perritos sin dueño, sin saber ni a dónde ir ni a dónde mirar. De mis amigos, unos se casaron, y de otros no volví a saber nada. Con el tiempo y solo con el tiempo, comencé a entender el arte del coqueteo y a sentir lo que es amor por una mujer. El bienestar que provoca una llamada inesperada, el ansia que se siente al no saber nada de ella aunque sea tan solo por unas horas, la dicha tan grande de ir a cenar y recibir, de regreso a la entrada a la casa de ella, un pequeño beso en la boquita que deja sabor a gloria y a felicidad.

Algo pasó, unos seis ú ocho años después de la muerte del Gema. Resucitó, pero al igual que el virus que lo mató, mutó de forma y cambió de nombre. También intervendría algún viajero que vino del Norte, ó algún mexicano que fue hacia allá. De pronto, todo México hablaba de los “table dance”. No recuerdo ni cuando, ni donde, ni con quien, fui a uno de los muchos que de pronto surgieron por toda la ciudad. Son lugares con una pista al centro, en el cual una muchacha se va desnudando poco a poco mientras baila ó hace giros y otras maromas en un tubo… Mientras, en las mesas, hay chicas para acompañar al cliente. Si se le calienta la neurona, compra boletos que le bailan en un camerino. La chica se desnuda, el cliente no. Ella le “baila” restregando su cuerpo contra su miembro…en las posiciones que mas les acomoden. La regla invariable: Sexo no. Así es muy difícil quedar satisfecho. La gran incógnita es por qué los hombres vamos a esos lugares. Claro que hay otras opciones, pero ninguna como el Gema. Será un temor subconsciente al SIDA? Será que abundan chicas hermosas en esos lugares, algunas de ellas con cierta educación, que quieren ganarse un dinero sin llegar al grado oficial de prostitución? Alcides no lo sabe. Ni tampoco lo piensa investigar.

Ciudad de México, tu que has visto pasar tantas generaciones, a ver si un día le explicas eso al buen Alcides.




viernes, 14 de septiembre de 2007

MI ULTIMO REFUGIO






MI ÚLTIMO REFUGIO

Al regresar del pueblo encontré en la cocina una jarra de agua fresca que yo no dejé, puertas y ventanas abiertas, y algunos cojines tirados en el piso. Supuse que vino mi primo con sus hijas, pero al encontrármelo, me dijo que no. Interrogó a la más pequeña, y después de algunas evasivas confesó que ellas si vinieron. Yo de niño hacía lo mismo. Con una mezcla de deleite y temor varios niños incursionábamos en la casa de algún vecino ausente, así que imaginé cómo fue la visita: Los deleites de tomar algo de la despensa bajo la dura mirada de cualquier objeto.

Dicen que las paredes oyen pero sería mejor si las casas hablaran. La mía, no puede contarme las mil cosas que le suceden y tantas otras que a diario ve. Por ejemplo, pudo haberme dicho que las raíces de los árboles que la rodean le perforaron los tubos de los drenajes, y que se metieron en ellos hasta invadirlos en su totalidad. Es como si le hubieran taponeado el intestino. Una vez me pasó lo mismo por estreñimiento así que comprendo lo mal que la ha de haber pasado. También ha de saber por dónde y a qué hora pasa la jauría de perros salvajes que el cuidador no ha logrado exterminar. Con frecuencia se comen algunos de los guajolotes que su mujer alimenta y cuida con esmero, en la casa de ellos, allá abajo. Un día, encontré una enorme culebra herida en la rampa que llega a la cocina, y que al decir de la sirvienta que vino con mi madre en una ocasión, se había caído del tejado después de un pleito con un zorrillo. Otros visitantes asiduos son los tejones y las ardillas. A una de ellas le gustó un nicho de luz que está en la terraza del frente, a nivel del piso, para hacer su nido. Las garzas no nos visitan pero si las divisamos. Pasan volando al ras de la laguna, en parvadas regulares, hacia el árbol en el que duermen, cerca de la Penitenciaría.

Cuando construimos la casa, plantamos árboles muy pequeños de pino y oyamel en las lomas que quedan abajo, y ahora, hay un bosque frondoso, que mece relajadamente sus ramas al paso del viento. No ha de ser cualquier bosque, porque las mariposas monarcas que migran desde el Canadá para pasar el invierno en los bosques templados de México, hicieron una escala en su trayecto precisamente ahí, al lado de mi casa. Llegaron por la tarde, revolotearon por las terrazas, los caminos de acceso y las azoteas, y se colgaron a dormir en una rama, justo dónde estaciono mi carro. Al día siguiente se fueron hacia su Santuario, probablemente en Michoacán, pero por la tarde llegaron otras. Durante una semana mi bosque fue como un hotel de paso para las mariposas monarca, pero no lo tomé a mal. Muy por el contrario, es uno de mis máximos orgullos. Es un legado para la posteridad, y lo declaro desde ahora PATRIMONIO UNIVERSAL DE LAS MARIPOSAS MONARCA. Los espectáculos que ve mi casa están bien programados de acuerdo a la estación del año. Hay noches que toca la Orquesta Sinfónica de los Vientos, cuando se dejan venir las ráfagas de aire desde la cortina de la presa, y hacen que las hojas rueden, truenen las ramas, chirríen las puertas y las ventanas, y silbe la chimenea. Son ruidos de todos los tipos acompañando al ulular del viento. Hay días del año que toca el turno a las tormentas eléctricas. Se ilumina el cielo, se apaga, y después se escuchan los estruendos. Solo algunos rayos dibujan su silueta por unos instantes en la oscuridad. Los crepúsculos de octubre son los más hermosos, porque hay nubes en el horizonte, y van tomando tonalidades rojas, naranjas, cobrizas y rosas. En cambio, en los crepúsculos de invierno, los cielos son completamente limpios, y lo mejor es ver el atardecer hasta después que el sol bajó por detrás de las montañas, cuando solo se percibe su resplandor, que va cediendo poco a poco su lugar al brillo de la luna y si ésta no sale, a las estrellas, primero a las más luminosas y después a las más pequeñas. En época de lluvias, el paisaje cambia. La montaña muda sus colores amarillos y marrones característicos de las secas y se viste completamente de verde, en todas sus tonalidades. Cuando termina de llover, salgo a caminar un poco a percibir el olor a tierra mojada, y a veces, saco la cuatrimoto con el propósito de pasar por los charcos que se forman en el camino y también, para enlodarla. Me gusta verla así. Tomo un camino que llega un poco más arriba, para ver qué tanto se llenaron mis tanques de captación de agua pluvial. Con una buena tormenta, se llenan los dos tanques, y el resto de la estación subo para bajarlos de nivel con la ilusión de volver a verlos llenos al día siguiente. Las tardes de lluvia son apacibles. El espíritu se serena. Toda inquietud existencial desaparece. Mientras llueve uno está en paz; no hay nada que hacer hasta que pase la lluvia.


La chimenea es una de las mejores formas de combatir la humedad del ambiente en tiempo de aguas, pero le deja a la casa un olor a humo al que de niño, le llamaba yo “olor a pobre”, cuando todavía estaba extendida la costumbre de cocinar con leña. No hace mucho, rescaté una estufa de leña que tenía abandonada mi madre en los cobertizos de abajo, junto a la casa del cuidador. La subí a mi casa, la mandé limpiar para quitarle el óxido acumulado a lo largo de los años, y ahora es otro de mis lujos: Prender mi estufa de leña, que lo mismo sirve para la calentar comida que para calentar la casa. Pero cuando la leña está verde ó no tengo tiempo ó ganas, recurro al horno de micro-ondas y casi nunca, a la estufa de gas. Ahora el olor a pobre es el olor a rico, pienso para mí. No sé cocinar, pero mi cocina tiene tres tecnologías para la preparación de los alimentos, y sí me lo propusiera, sería fácil adaptar también la energía solar. Como la casa está sentada en el lomo de la montaña, le entra el sol por las mañanas en un extremo, pega en los tejados durante todo el día, y por la tarde entra por las ventanas del extremo opuesto.


También disfruta de los espectáculos y de los ridículos que hacemos los seres humanos. Debajo de la montaña, cruzando la carretera, comienza la laguna, así que la casa puede verla desde muchos ángulos. Todos le decimos lago ó laguna, pero no es ninguna de las dos cosas. Es una presa, y la cortina se ve por el lado dónde se mete el sol. Se construyó para generar electricidad, pero al paso de los años, cambió su uso, y ahora es uno de los principales vasos para almacenar agua para el abastecimiento de la Ciudad de México y zonas conurbadas. Desde que se construyó la presa, comenzaron a comprar terrenos los ricos para hacer sus casas de fin de semana. Y con ellos llegaron los veleros y las lanchas para esquiar. Desde el divisadero, donde hice una palapa de troncos y teja, se dejan ver esquiadores expertos que saltan una y otra vez la estela, y se acercan y se alejan de la lancha que los va jalando. Es muy frecuente, ver lanchas haciendo círculos en el agua, para recoger al esquiador novato que se cayó ó que sencillamente no pudo salir. Es mucho más difícil juzgar desde la lejanía de mi divisadero las destrezas de los veleristas. Con frecuencia se organizan regatas, y entonces se ven muchísimos veleros agrupados, desplegando al viento sus velas de todos los colores. Cada vez hay más parapentes surcando los cielos. Esos no aparecen por el lado de la laguna, sino por los cerros que están detrás del pueblo. A lo lejos, parecen paracaídas que avanzan en sentido horizontal, y de repente toman altura, en lugar de bajar. Hay días que están volando al mismo tiempo diez ó quince parapentes. Ahora que han hecho desarrollos de lujo alrededor del lago, es frecuente ver cruzar los helicópteros de los políticos, de los empresarios de alto rango, y de la policía estatal.

Mis antepasados llegaron a este pueblo hace casi dos siglos, antes de que hubiera laguna, que tiene alrededor de cincuenta años. Esta montaña era parte de un rancho agrícola, en el que se sembraba principalmente maíz, con muy buenos rendimientos, porque eran tierras de riego. Esas son las que se inundaron cuando hicieron la presa, pero por fortuna, eran propiedad de la media hermana de mi abuela. La peor parte del rancho, la montaña y algunas tierras planas que se salvaron de la inundación, eran de mi abuela. Pero con la inundación se convirtieron en tierras de mucho valor, porque ahora tienen “vista”. Antes también tenían vista, la vista de las tierras fértiles y bien cultivadas. Yo hubiera preferido la vista de antes, en lugar de la de ahora.


La casa está construida con un material que en el pueblo se conoce como tepetate, y que no son sino grandes bloques de arena y grava que simulan bloques de cantera. Por eso tiene una cierta apariencia de castillo. Y además, porque tiene cinco niveles, entre pisos y entrepisos. Como no fue posible hacer grandes cortes en la montaña, por las rocas que están a pocos metros de profundidad de la capa de barro que la cubre, los espacios interiores son estrechos, así que se fueron haciendo varios cortes: Uno para los carros, otro para el salón principal, otro para las recámaras, otro para el estudio, y otro para el área de terraza panorámica y el chapoteadero. Mis sobrinas pequeñas dicen que mi casa nunca termina, porque siempre aparece una nueva escalera cuando ya no piensan encontrar otra. De la terraza del chapoteadero arranca una escalera de piedra que va subiendo hacia el cerro. Son ciento tres escalones que llegan a la palapa rústica, con vista a “los cuatro vientos”, como dicen los topógrafos, pero las niñas no se atreven a subir solas hasta allá. Y yo también creo que mi casa nunca termina, porque desde que me heredó mi abuela la montaña, tuve el deseo de llegar hasta la cima, con escaleras, caminos o senderos. En mi cuatrimoto, no llego todavía ni a la tercera parte de la altura de mi montaña, y tengo la certeza de que mi casa quedará inconclusa. Ya conozco las dificultades técnicas para hacer caminos que suban a la montaña. He hablado con ingenieros, topógrafos y empíricos. Las soluciones se basan en el uso de la dinamita para romper las rocas, y estoy plenamente conciente del derroche financiero que sería construir el camino de mis sueños.


Como todo en la vida, es más fácil ir hacia abajo si es que no se puede seguir avanzando hacia arriba. Tengo hechos con mis hermanos varios caminos que cruzan las partes bajas del terreno, y algunos otros que atraviesan las zonas bajas de la montaña, donde las pendientes son menores y la capa de barro, más profunda. Cuando salen las lluvias, esos caminos se llenan de flores silvestres de todos los colores. Cuando se van las lluvias, en septiembre ó en octubre a más tardar, las milpas de maíz de las partes bajas se ponen amarillas, las hojas se secan, al igual que la mazorca. Y cuando se cosecha, el panorama se ve más triste aún, ya que conforme van arrancando la mazorca de la planta, le doblan el tallo y la dejan tirada en el campo. Pero para mi cuidador, que es quien cultiva las milpas, es la época de mayor alegría, porque recoge el maíz tan anhelado, desde que echó la semilla, en mayo ó junio, dependiendo de cuando considere él que iniciarán las lluvias.





Uno de sus criterios es la luna: Hay lunas que según él son de agua, y otras que no. Otro, es el canto de las chicharras, que anticipan la llegada de las lluvias. El criterio definitivo para determinar cuando lloverá es la aparición de las luciérnagas. Los últimos años las chicharras fallaron en sus pronósticos, pero las luciérnagas no. Comenzaron a cantar y no llovió. Las lluvias llegaron muy retrasadas. Es el efecto del cambio climático global. Desde que tengo uso de razón, todos los años ha llovido, pero ha habido algunos en que nos hemos puesto nerviosos por el estiaje prolongado.


Tal vez por eso, ya no he hecho ningún intento adicional de reforestación con pinos y oyameles, ya que mientras estuvieron chicos siempre se les dio un riego de auxilio, con agua que almacenamos en una cisterna enorme que se alimenta a través de una tubería que viene de montañas con mayor altura que la mía. Ahora, solo siembro especies nativas de mi montaña, que dentro de las árboreas son el zapote blanco, el fresno, el guayabo criollo, y mi favorito, que le nombran pochote ó el árbol del algodón. También fomento otras especies no nativas que se han adaptado bien a los estiajes largos y los malos suelos, como la yuca, la jacaranda, el guaje y el laurel. La mayor parte de los árboles que he sembrado, con excepción de los que tienen riegos de auxilio, se me han secado. Los siembro con mucha ilusión antes de las lluvias, y son pocos los que sobreviven a su primer estiaje. A pesar de mis fracasos, siempre que recorro mi montaña encuentro árboles nuevos, crecidos y con buena fronda. Hay en el cerro sembradores de árboles más eficaces que yo. Uno es el viento, que trae la semilla de los jardines de las casas de campo que están ubicadas en nuestros linderos. Así me llegaron las jacarandas y así crece la población de fresnos. El viento siembra utilizando la teoría de las probabilidades. Trae posiblemente cientos de miles de semillas, con la seguridad de que diez, quince ó veinte, encontrarán tierra suelta que guarde la humedad y les permita echar raíces. Los que más árboles siembran, son los animales que andan por ahí: Las ardillas, los ajaces, los zorrillos, las culebras y los pájaros. Pienso yo que utilizan métodos de siembra de precisión. No solo llevan la semilla de sus árboles favoritos hacia los lugares más apartados, sino que la dejan puesta con un fertilizante de muy alta calidad: Su propio excremento.

Así es mi último refugio, y es último, porque yo sé que en el mundo entero nunca encontraré uno mejor. Y la soledad de mi refugio, como toda soledad, es severa, pero me da opciones de libertad. De mi madre aprendí, y ella a su vez lo aprendió de los japoneses, que tan solo un árbol exige horas y más horas de cuidado. Hay que quitar las ramas secas, podarlos para que cobren fuerza, para darles forma, ó en ciertos casos, para evitar que tapen la vista ó arrojen sombras no deseadas en lugares específicos. Los árboles también agradecen que se les raspe el tronco para retirar los hongos y los musgos que les quitan vitalidad y fuerza. Yo sé que cada árbol me agradece el esfuerzo que le dedique, pero me ha de ver con mucha condescendencia. ¡Qué inocencia, pretender que él viene a cuidarme, sin darse cuenta que yo fui el que hizo un nudo en mi tronco para sobrevivir a la perforación que me hizo el comején; qué ingenuidad, pensar que me salvó de la asfixia de los musgos, sin darse cuenta que fue el viento quien me arrancó el injerto que me chupaba la savia; qué estupidez, pensar que yo árbol existo en lo individual, sin darse cuenta de que yo existo en lo colectivo, porque sin el árbol de enfrente, que cuida la humedad de mis raíces, de nada serviría que me regaran, y porque si yo me seco, mi tronco será abono para las semillas de mi especie que trae el viento, y porque si no existiésemos todos los árboles de mi especie, y todos los árboles de las demás especies, no habría lluvia, y él, que supuestamente me está cuidando, no tendría agua ni para lavarse los dientes! Mi montaña me ha enseñado que lo único que puedo hacer por ella, es no agredirla, y vivir con ella en armonía.

El amor al campo es el único auténtico de mi vida. Lo tengo desde pequeño. Mi recuerdo más temprano es dentro de un jardín, jugando a no sé qué cosa con las hojas de hiedras. Es un amor sin altas y sin bajas, sin ningún momento de ánimo exaltado. Es un amor continuo, pacífico, que fluye, y que tranquiliza. En mi pensamiento nunca ha estado la contemplación de la naturaleza como un estado de felicidad. Ayuda, nada más. Igual que el dinero. Por eso, dije que la soledad de mi refugio es severa al igual que todas las soledades. Durante muchos años, los libros fueron mis mejores compañeros. Sobre la novela histórica. Desde mi refugio viví apasionadamente las desventuras de Cristóbal Colón en su descubrimiento de la ruta de Indias, los episodios de la Segunda Guerra Mundial, las maquinaciones de Stalin para deshacerse de sus enemigos, las conquistas de Alejandro Magno, las trifulcas de las Guerras de Independencia y de la Revolución Mexicana, y las proezas de quienes hicieron posible la construcción del Canal de Panamá. Cuando discuto el trazo de algún camino con los topógrafos y los maquinistas, me siento Fernando de Lesseps insistiendo que el trazo debe ser “a nivel”, y me decepciono, como él, al saber que no siempre se pueden vencer todas las pendientes.

En los años más recientes, se apoderó de mí la fiebre tecnológica, sobre todo cuando tuve mi primera computadora portátil y mi primera cámara fotográfica digital. Me parece que hay una enorme empatía entre el mundo natural y el mundo digital. La cámara digital captura un momento de realidad, al igual que lo hacían las cámaras tradicionales. La diferencia consiste en que uno siente que tiene el poder de modificar la realidad. La misma foto puede quedar en color sepia, más ó menos iluminada, en blanco y negro, es decir, que en el mundo digital uno ya manipuló el mundo real. Al menos es eso lo que siento. Diez fotos son diez fotos, reveladas en papel ó guardadas en archivo electrónico. Las diez fotos tradicionales las puedo poner en un álbum, ordenadas de alguna manera, pero no puedo hacer casi nada más. Las diez fotos digitales pueden convertirse en cincuenta diferentes, ampliando ó quitando detalles, modificando los colores y los contrastes, y también, las puedo poner en distintas secuencias, con música de acompañamiento que refuercen su sentido. Por ejemplo, las fotos de Carolina las tengo en una secuencia acompañada de la canción de “Sube al Desván”. Al hacer esto, viví una nueva experiencia con Carolina, porque la vi desde nuevos ángulos y le cambié su estado de ánimo con la animación musical. Pero fue una experiencia sin Carolina, ó mejor dicho, fue una experiencia con Carolina digital. Lo que sucede al final es lo mismo que con el árbol al que le destino mis cuidados en la montaña. Lo transformo pero en el fondo no lo transformé. Con Carolina digital hago lo que me venga en gana, porque la tengo en formato de foto y en formato de video. La recorto del centro comercial en Bogotá y la pongo en un muelle de Valle de Bravo. Ya la puse en Tokio, en París y en Machu Pichu.





La naturaleza y el mundo digital tienen un efecto de relajación muy parecido. Pero el abuso del mundo digital, puede producir estados de ánimo exaltado, ajenos a toda realidad. Eso se vuelve perverso. Por ejemplo, caigo de momento en la sensación de tener más cerca a Carolina, cuando en realidad me alejo más de ella al manipularla ó idealizarla en lo que no es. Descubrí un nuevo programa de edición de videos, y edité algunas escenas de Carolina en los distintos parajes de Antioquia, Risaralda y El Quindío que visité con ella. Utilicé el estilo llamado “angelical”, que difumina las imágenes y suaviza los movimientos. Mi Carolina digital quedó verdaderamente angelical; tanto, que no pude contener mis ansias de llamarle de inmediato. La Carolina real, al otro lado de la línea, tocó de inmediato el tema del dinero para su moto nueva.

Mis costumbres y mi vida en la casa de la montaña no serían iguales sin el pueblo que está allá abajo. Cuando era niño, de la mano de mi padre, caminábamos dos kilómetros en la oscuridad para llegar a la primera calle iluminada. Ahora, hay dos salidas del rancho hacia la carretera: Junto a la primera hay una vulcanizadora y un taller mecánico. Al lado de la segunda está un hotel económico con el nombre de “Posada de Beethoven”. El pueblo ya creció y nos está atrapando. Las ventajas de que el pueblo haya crecido, con la laguna como uno de sus motores, es que se pueden adquirir prácticamente todos los bienes y servicios que uno quiera. Está la tienda de las navajas suizas, las distribuidoras de motocicletas deportivas, las boutiques de ropa de marca, la tienda de muebles y ornamentos hindúes, y una muy buena de víveres, donde se consiguen vinos de todo el mundo, jamón serrano y quesos de todos los tipos, orígenes y precios. Hay cafés Internet, y una cafetería de franquicia de fama mundial. Junto con las extravagancias de los establecimientos de lujo, opera el comercio del México tradicional. Se consiguen frutas y verduras en todas las esquinas, se compran mezquites, elotes, buñuelos y pepitas de calabaza en el jardín principal; y hay “comida corrida” en las fondas del mercado. Muchos prefieren los taquitos al pastor en el Callejón del Hambre. Abundan los discos pirata, ya sean de música ó de video en los tianguis de fin de semana, y se puede adquirir un buen machete en lugar de la navaja suiza. Es un pueblo muy globalizado con una oferta para todos los bolsillos. En cualquier calle, puede verse estacionado un automóvil Mercedes Benz último modelo y detrás de él, una camioneta tipo van con vidrios ahumados y dibujos extravagantes en los costados, con placas de California ó Texas, que son el tipo de vehículos que se traen los migrantes. Lo que más hay son taxis, que dan servicio colectivo a las gentes que viven en las comunidades rurales más alejadas, y que bajan al pueblo a hacer su compra. Qué lejanos están los días cuando venía de niño: Solo estaba el mercado, la nevería, los tacos de los portales y la tienda de las golosinas de Doña Pomposita.

En el arco que está en la carretera a la entrada del pueblo, está inscrito en letras grandes: EL QUE MAS VALE, NO VALE, LO QUE VALE VALLE. Qué más puedo pedirle al pueblo que alberga a mi último refugio? Una sociedad más estable, más culta y más homogénea. Supongo que en todas las sociedades del mundo, hay grupos a su interior. Aquí tenemos a los aristócratas de fin de semana, que no salen de sus casas ó casas-club, asisten a sus restaurantes y discotecas exclusivos y solamente se frecuentan entre ellos. Están los aristócratas del pueblo, que ahora en buena parte dependen del alquiler para el comercio de las accesorias que han hecho en las viejas casonas de sus antepasados, y también mantienen círculos relativamente cerrados. Están los comerciantes venidos de Toluca y México, gente sin arraigo y muchas veces sin cultura, que si venden se quedan, y si no venden se van. Están los turistas de fin de semana, que vienen en grupos de amigos ó parientes. Mi deseo es que hubiera un espectro social más amplio.

La vida cotidiana es mucho más cómoda que en México D.F. donde tengo mi residencia permanente. Allá, en el rancho, saco la cuatrimoto y en cinco minutos estoy en cualquier punto del pueblo. Jamás utilizo el automóvil estando allá. Es muy fácil hacer las compras y hasta dan tiempo y ganas de dar vueltas por la calle. Acá en México el tráfico siempre ha sido pesado pero en los últimos años se ha vuelto insufrible. Los embotellamientos de tránsito se forman por cualquier causa, pero principalmente: Porque es viernes de quincena, porque los niños entran o salen de clases, porque se manifestaron los maestros, los burócratas, ó los pueblos indígenas…El otro día llovió, se taparon las coladeras del drenaje pluvial en varios lugares, fallaron los semáforos y demoré la cantidad de tres horas para trasladarme desde mi oficina hasta mi casa, un trayecto que sin tráfico podría cubrirse en 20 minutos. La ciudad de México, sin tráfico, es hermosa. Tiene avenidas de trazo muy elegante como Palmas ó Reforma, todo tipo de comercios, y una vida nocturna que es difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo. Aquí en México se concentra el poder económico y político. Aquí es donde puedo conseguir contratos de trabajo. México lindo y querido, moriré lejos de ti?